Análisis: Uncharted El Tesoro de Drake

Naughty Dog es un nombre que hoy es bien reconocido en la industria. Sin embargo, para mi, hace 6 años, cuando salió Uncharted, era un nombre que no significaba nada para mi. Con 13 años, poco me importaba quién hacía los juegos, y cuando salió la primera aventura de Nathan Drake en PS3, vi cómo la crítica lo aclamaba. Pero era un juego muy alejado de lo que a mi me gustaba jugar, y decidí no comprarlo. Fue una oferta, un pack Platinum doble con Resistance Fall of Man (que no conseguí terminar) por 20 irrechazables euros, lo que hizo que la aventura cayera en mis manos, si no me equivoco, un año después.

Cinco fueron las veces que lo empecé, y las mismas que lo aparqué. Ya sabía quién era Naughty Dog. Eran los responsables de Crash Bandicoot y Jak & Daxter, dos de las sagas que más me habían hecho disfrutar a lo largo de los años. La primera cosa que dije cuando vi Uncharted en la pantalla fue «no puede ser que ésto lo hayan hecho los mismos tíos». Me encontré con un juego que me resultaba encorsetado, alejado de la orgía plataformera de Crash o de la comedida unión de éstas con la acción y el sandbox en Jak. Al contrario, me encontraba con una jungla pasillera, unas plataformas simples, y muchos tiroteos, algo que jamás me gustó jugar.

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