Análisis: Pankapu

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Los videojuegos independientes son, sin ningún género de dudas, una parte importante de la industria actual. En un momento donde las producciones AAA abrazan determinadas prácticas comerciales dudosas y en general existe un perfil claro de qué es comercialmente viable, los pequeños proyectos son fundamentales para cubrir esa falta de frescura y originalidad, que los grandes productores como EA llamarían “lanzamientos de riesgo”. Sin embargo, lo indie tampoco está exento de “modas” en los desarrollos. Ya sea por una cuestión de inspiración, nostalgia o por facilidad de venta, hay determinados subgéneros que son realmente populares en este segmento. Sin duda, el género de las plataformas 2D es uno de ellos. Ya sea buscando experiencias relajadas mezcladas con puzles, homenajes directos de clásicos del pasado, planteando saltos de precisión quirúrgica o una mezcla de todo ello, resulta evidente que hay una gran cantidad de juegos de esta clase entre lo indie, haciendo, por tanto, más difícil destacar.

Es bastante evidente que, cuando la oferta es elevada, la mejor arma para destacar en toda ella es ofrecer algo diferente o novedoso. Probablemente, los desarrolladores franceses de TooKind Studio pensaron esto cuando plantearon su campaña de Kickstarter, en busca de financiar su opera prima, un videojuego de plataformas con una hermosa estética y la rotación de personajes como principales argumentos. Así, vio la luz Pankapu: The Dreamkeeper, lanzado inicialmente en 2016 para Steam, en dos partes (Prologue y Episode 2) que han sido unidas para su publicación en Nintendo Switch, PS4 y One. Se puede considerar uno de esos casos donde la mayor parte de las promesas de la campaña de búsqueda de fondos se han visto cumplidas —con pequeños matices— y además, resultando en un videojuego con una marcada identidad dentro de su espíritu de homenaje al género de las plataformas, con cuestiones mejorables, pero una calidad general mayormente notable.

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Análisis: Shu

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Hubo una época donde los videojuegos de plataformas reinaron en la industria. Espoleados por el gran éxito de Mario y Sonic, los baluartes de la lucha de los 16 bits, nacieron una gran cantidad de personajes y franquicias que trataron, algunas con su propio estilo y otras imitando, hacerse un hueco en una floreciente y joven industria donde aún muchas ideas y géneros estaban dando sus primeros pasos. Fue la era de los Alex Kidd, Monster Boy, Ristar, Bubsy… Y con la llegada de las 3D el éxito del género se trasladó a nuevos horizontes en franquicias legendarias como Crash Bandicoot, Spyro o Banjo, sin dejar de lado pequeños retazos de 2D con el nacimiento de Rayman, una franquicia que será muy importante para el juego que aquí nos ocupa.

Ese éxito de los juegos de plataformas se prolongaría aún en los 128 bits, aunque su variante 2D quedaba cada vez más relegada a los portátiles. Y en la generación de PS3 y 360 vino el ocaso, la “muerte” de lo que significó el núcleo de la infancia de muchos. Ya fuese por unos motivos u otros (saturación, falta de ideas o viabilidad comercial…) esta clase de juegos declinaron hasta casi desaparecer, dejando un vacío que, en lo personal, me desencantó bastante acerca de la industria, al haber cercenado brutalmente uno de los géneros puntales para mi diversión. Sin embargo, ante la polarización de la industria general y la sequía de ideas, irrumpió (mayormente gracias a Braid de Jonathan Blow, aunque no fue el único) la escena indie como uno de los principales medios para llevar el timón creativo en la nueva industria.

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Análisis: Yoshi´s Wooly World

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Por todos creo que es ya sabido a estas alturas que Wii U no es un sistema exitoso. Sus ventas y el tamaño de su catálogo lo atestiguan. Pero eso no significa, al contrario de lo que se pueda pensar, que no merezca la pena. Si hay una compañía que tradicionalmente ha sabido demostrar que solo sus juegos pueden justificar la compra de un sistema, esa es Nintendo. Y normalmente, cuando uno de sus sistemas no suele vender bien (Virtual Boy aparte) siempre tiene más de un motivo para justificar su compra, convirtiéndose en sistemas “de culto”, sobre todo para el jugador más tradicional. En este caso, obras tanto first como exclusivas third como Wonderful 101, Smash Bros for Wii U, Bayonetta 2 o DK Country Tropical Freeze funcionan como esos imprescindibles.

Aunque Wii U ha contado con muchas de esas grandes obras, también han surgido otras, como Kirby y el Pincel Arcoiris o Capitán Toad Treasure Tracker, de una menor escala. Lo que serían descargables, en Wii U han sido juegos físicos que, sin pasar a la historia, si demuestran gran parte de los valores y forma de entender la industria de Nintendo. Todos comparten una premisa sin importar su tamaño o calidad, una filosofía subyacente que ya parece un status quo de la compañía: videojuegos accesibles para todos, pero que sepan recompensar al que tenga más habilidades, y en los cuales el mimo y la atención al detalle y ofrecer una experiencia pulida y que explote de forma original sus mecánicas jugables es constante.

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