Análisis: The Liar Princess and the Blind Prince

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La industria de los videojuegos actual nos ha acostumbrado a que se establezca una cierta división de las obras publicadas en tres vertientes claramente diferenciadas. Por un lado, tenemos los desarrollos de corte triple A y los pequeños proyectos, llamados “indies”, ocupando los extremos del continuo. Finalmente, el centro nos revela un estilo de producto que durante muchos años era bastante inusual, como eran los “doble AA”, juegos con un presupuesto más contenido que las grandes superproducciones, pero su propio valor para ponerlos un escalón por encima de una obra más pequeña. Normalmente, muchas de las desarrolladoras japonesas de nicho suelen encontrarse en este espectro, tratando de mantener un negocio estable y centrado en su espectro pequeño pero fiel de jugadores.

Sin embargo, tanto las grandes desarrolladoras como las medianas se han dado cuenta del potencial que tienen los indies de cara a enriquecer sus catálogos, y muchos han sido los esfuerzos donde una compañía caracterizada por juegos ambiciosos centra ciertos recursos en amparar proyectos más contenidos e intimistas para enriquecer su oferta. Lo hemos visto en EA con su iniciativa Original o en Sony con los Playstation Talents, tan importantes para el desarrollo patrio. Nippon Ichi Software (NIS), la compañía que hoy nos ocupa, también consideró importante dar espacio a estas obras, iniciando hace tiempo una corriente de pequeños proyectos bidimensionales que, sin tener pretensiones ambiciosas, lograban ofrecer algo original, fundamentalmente a nivel artístico. The Liar Princess and the Blind Prince es el último que sigue esta filosofía, tomando lecciones aprendidas de los anteriores juegos para darnos un pequeño cuento interactivo que no busca trascender ni revolucionar el género de los plataformas de puzles, pero que consigue, en cualquier caso, ser sólido en todo lo que se propone a pesar de su escasa dificultad.

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Análisis: J.J Macfield and the Island of Memories

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Hidetaka Suehiro es uno de esos creadores de videojuegos que pueden calificarse de especiales. Aunque lleva en la industria muchos años, sin duda fue en 2010 cuando ganó especial exposición gracias a Deadly Premonition, una obra que, dentro de sus limitaciones técnicas y jugables, contaba con una enorme personalidad, lo cual, en un contexto donde la mayor parte de desarrolladoras grandes se copian unas a otras conceptos, diseños jugables, temáticas, modelos de rentabilidad y géneros en boga, es algo realmente a remarcar. Swery, como también es conocido, tiene un estilo muy característico, desarrollando temas de gran profundidad y simbolismo revestidos de lo que puede calificarse en algunos momentos de extravagancia, esos toques de diseño, ruptura de expectativas y choque cultural que parece que solo los desarrolladores japoneses saben cómo imprimir.

Sin embargo, la industria de los videojuegos deja poco espacio a la singularidad, en un contexto donde el funcionamiento de la misma es cada vez más centrado en el accionista y menos en el jugador. En este sentido, aunque aún existen apuestas dentro de las compañías grandes de ofrecer algo diferente, la explosión de creatividad y los riesgos parecen algo reservado casi exclusivamente a los desarrolladores independientes. En este sentido, Swery fundó en 2016 una compañía propia, White Owls, la cual es fundamentalmente conocida por el empeño en sacar adelante el mecenazgo de su proyecto principal, el simulador de vida The Good Life. Ver el entusiasmo e ilusión de Swery una vez fue financiado a pesar de todas las dificultades demuestra que aún hay esperanza para esa industria más emocional que burocrática, aunque nos deje el tinte amargo de que un talento contrastado no encontrase respaldo a sus innegablemente originales ideas solo por su menor viabilidad comercial.

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Análisis: Pankapu

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Los videojuegos independientes son, sin ningún género de dudas, una parte importante de la industria actual. En un momento donde las producciones AAA abrazan determinadas prácticas comerciales dudosas y en general existe un perfil claro de qué es comercialmente viable, los pequeños proyectos son fundamentales para cubrir esa falta de frescura y originalidad, que los grandes productores como EA llamarían “lanzamientos de riesgo”. Sin embargo, lo indie tampoco está exento de “modas” en los desarrollos. Ya sea por una cuestión de inspiración, nostalgia o por facilidad de venta, hay determinados subgéneros que son realmente populares en este segmento. Sin duda, el género de las plataformas 2D es uno de ellos. Ya sea buscando experiencias relajadas mezcladas con puzles, homenajes directos de clásicos del pasado, planteando saltos de precisión quirúrgica o una mezcla de todo ello, resulta evidente que hay una gran cantidad de juegos de esta clase entre lo indie, haciendo, por tanto, más difícil destacar.

Es bastante evidente que, cuando la oferta es elevada, la mejor arma para destacar en toda ella es ofrecer algo diferente o novedoso. Probablemente, los desarrolladores franceses de TooKind Studio pensaron esto cuando plantearon su campaña de Kickstarter, en busca de financiar su opera prima, un videojuego de plataformas con una hermosa estética y la rotación de personajes como principales argumentos. Así, vio la luz Pankapu: The Dreamkeeper, lanzado inicialmente en 2016 para Steam, en dos partes (Prologue y Episode 2) que han sido unidas para su publicación en Nintendo Switch, PS4 y One. Se puede considerar uno de esos casos donde la mayor parte de las promesas de la campaña de búsqueda de fondos se han visto cumplidas —con pequeños matices— y además, resultando en un videojuego con una marcada identidad dentro de su espíritu de homenaje al género de las plataformas, con cuestiones mejorables, pero una calidad general mayormente notable.

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Análisis: Sonic Forces

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En lo referente a adaptar a Sonic a una jugabilidad 3D, es un hecho que Sega nunca lo ha tenido fácil. Por un motivo u otro, trasladar la endiablada velocidad del erizo desde el 2D ha causado constantes quebraderos de cabeza a un Sonic Team que, usualmente, trataba de suplir con diversos experimentos esta falta de precisión en el control o en el diseño de niveles, dos ejes fundamentales de un buen juego de plataformas. Si bien los inicios de esta vertiente fueron prometedores en forma de los dos Adventure, la saga pasó en los siguientes años por una auténtica montaña rusa que va desde el desastre absoluto de Sonic 2006 (un juego que salió plagado de fallos) a los notables y bien resueltos Colors y Generations, pasando por experimentos híbridos como Unleashed y Lost World, así como algún que otro spin-off como Los Anillos Secretos, El Caballero Negro o el infame Ryse of Lyric.

Suele traerse a colación con el anuncio de cada nuevo Sonic el famoso “Sonic Cycle”. Un anuncio prometedor, el cual comienza a pintar peor posteriormente, y termina resultando una decepción a nivel de críticas y calidad. En cierto modo una hipérbole, pues realmente no son tantos los juegos del erizo que puedan calificarse de malos, pero ni la gran velocidad de la mascota de Sega le permite escapar de otro término, como es la mediocridad. Una constante sensación de que lo que fue una de las franquicias que marcó la pauta en la industria en los ya lejanos 16 bits nunca consigue encontrarse totalmente, y ya qué decir de poder competir de nuevo de tú a tú con su antaño rival Super Mario, ofreciendo juegos simplemente notables o correctos cuando una vez fue sobresaliente como norma. La realidad es que Sega ya no es la misma, Sonic Team mucho menos, y el foco de la franquicia Sonic ha girado lo suficiente como para atemperar las expectativas y saber qué recibir de ella para evitar decepcionarse, con honrosas excepciones como Mania.

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Análisis: Shu

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Hubo una época donde los videojuegos de plataformas reinaron en la industria. Espoleados por el gran éxito de Mario y Sonic, los baluartes de la lucha de los 16 bits, nacieron una gran cantidad de personajes y franquicias que trataron, algunas con su propio estilo y otras imitando, hacerse un hueco en una floreciente y joven industria donde aún muchas ideas y géneros estaban dando sus primeros pasos. Fue la era de los Alex Kidd, Monster Boy, Ristar, Bubsy… Y con la llegada de las 3D el éxito del género se trasladó a nuevos horizontes en franquicias legendarias como Crash Bandicoot, Spyro o Banjo, sin dejar de lado pequeños retazos de 2D con el nacimiento de Rayman, una franquicia que será muy importante para el juego que aquí nos ocupa.

Ese éxito de los juegos de plataformas se prolongaría aún en los 128 bits, aunque su variante 2D quedaba cada vez más relegada a los portátiles. Y en la generación de PS3 y 360 vino el ocaso, la “muerte” de lo que significó el núcleo de la infancia de muchos. Ya fuese por unos motivos u otros (saturación, falta de ideas o viabilidad comercial…) esta clase de juegos declinaron hasta casi desaparecer, dejando un vacío que, en lo personal, me desencantó bastante acerca de la industria, al haber cercenado brutalmente uno de los géneros puntales para mi diversión. Sin embargo, ante la polarización de la industria general y la sequía de ideas, irrumpió (mayormente gracias a Braid de Jonathan Blow, aunque no fue el único) la escena indie como uno de los principales medios para llevar el timón creativo en la nueva industria.

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Análisis: Yoshi´s Wooly World

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Por todos creo que es ya sabido a estas alturas que Wii U no es un sistema exitoso. Sus ventas y el tamaño de su catálogo lo atestiguan. Pero eso no significa, al contrario de lo que se pueda pensar, que no merezca la pena. Si hay una compañía que tradicionalmente ha sabido demostrar que solo sus juegos pueden justificar la compra de un sistema, esa es Nintendo. Y normalmente, cuando uno de sus sistemas no suele vender bien (Virtual Boy aparte) siempre tiene más de un motivo para justificar su compra, convirtiéndose en sistemas “de culto”, sobre todo para el jugador más tradicional. En este caso, obras tanto first como exclusivas third como Wonderful 101, Smash Bros for Wii U, Bayonetta 2 o DK Country Tropical Freeze funcionan como esos imprescindibles.

Aunque Wii U ha contado con muchas de esas grandes obras, también han surgido otras, como Kirby y el Pincel Arcoiris o Capitán Toad Treasure Tracker, de una menor escala. Lo que serían descargables, en Wii U han sido juegos físicos que, sin pasar a la historia, si demuestran gran parte de los valores y forma de entender la industria de Nintendo. Todos comparten una premisa sin importar su tamaño o calidad, una filosofía subyacente que ya parece un status quo de la compañía: videojuegos accesibles para todos, pero que sepan recompensar al que tenga más habilidades, y en los cuales el mimo y la atención al detalle y ofrecer una experiencia pulida y que explote de forma original sus mecánicas jugables es constante.

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Análisis: Zombie Incident

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El precio de un videojuego nunca es un indicativo directo de su calidad. No será extraña la situación a demasiados jugadores de haber adquirido un producto a 70€ y encontrarse con una tremenda decepción. Y, del mismo modo, de alguno que no se esperaba nada por su bajo coste se puede adquirir una experiencia realmente grata, que suele dejar un muy buen sabor de boca. El fenómeno de los indie es el mejor ejemplo de esta situación, otorgando experiencias que brindan la frescura que tanto parece faltar en los AAA.

Nintendo hace ya bastante tiempo que hizo una apuesta igual o más firme que Sony y Microsoft por estos pequeños desarrolladores, contando además con bastantes exclusivas de un perfil bastante más modesto en el coste de su desarrollo, pero bastante prometedoras y divertidas a un coste normalmente inferior a 5 euros. Coderchild es un ejemplo claro de distribución en este sentido, ofreciendo para 3DS experiencias como Cubit the Hardcore Platformer Robot, a un precio muy muy reducido, pero ofreciendo una diversión añeja, plataformeo que nos devuelve a las épocas de 8 y 16 bits.

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